Pandemia, ¿el camino a una nueva economía?

Hay un poder que ha demostrado tener el control sobre toda la ciudadanía y que no está dispuesto a perder ninguna de sus formas de poder: el mercado. Es el momento, porque lo amerita y porque lo demuestra el derrumbe institucional, de pensar una nueva economía y por tanto, un nuevo mercado.

El avance del coronavirus trajo consecuencias en la economía global. 

El avance del coronavirus trajo consecuencias en la economía global. Imagen: Pixabay

La situación epidemiológica mundial, nos ha alertado de la infinidad de necesidades y faltantes que se invisibilizan en el accionar cotidiano de un país. Argentina viene de un cambio de gobierno, de situaciones de déficit complejas, por no decir imposibles, tanto a nivel social como económico, y justo cuando nos disponíamos a discutir los nuevos planes de pago de deudas (internas y externas, sociales y monetarias), aparece el Covid-19.

Hemos vivido semanas de muchas decisiones gubernamentales para paliar los efectos de la crisis sanitaria, pero también se dejó en evidencia quién es el Poder, y no hablo del presidente Alberto Fernández. Hay un poder que ha demostrado tener el control sobre toda la ciudadanía y que no está dispuesto a perder ninguna de sus formas de poder: el mercado. Un mercado que a veces resuena como fantasma y al que los liberales les rinden pleitesías, pero que hoy, en este contexto demuestra su cara más espantosa.

El Mercado Central incorporó algunos productos a su lista de precios acordados.

Bancos que hacen caso omiso a las premisas del BCRA, empresas que despiden trabajadores y presentan quiebra para no pagar por sus errores, millonarios que evaden y la ciudadanía en cuarentena. He aquí la crisis del liberalismo, de las teorías del mercado liberado que derramará sus riquezas hacia los otros, más pobres y con mayores problemas.

El mercado no es un lugar donde se encuentran libremente todas las partes y acuerdan, sino que es un lugar al que llegan sólo las partes con poder real sobre la economía, y negocian acuerdos por sobre las necesidades de la ciudadanía.

Debemos asumir, y entiendo que es el momento, que estas teorías abandonadas en las grandes economías mundiales y sólo reproducidas en los países “tercermundistas”, no harán que Argentina crezca. Es el momento, porque lo amerita y porque lo demuestra el derrumbe institucional, de pensar una nueva economía y por tanto, un nuevo mercado.

Necesitamos con urgencia, los poderes Constitucionales, planear el cambio de paradigma económico y dejar de dudar sobre el lugar que le corresponde al Estado. Nuestra economía requiere de fortalecer a la ciudadanía, a los consumidores, pero no como slogan sino como un objetivo específico para alcanzar equidad social.

El mundo da cuenta de lo que produce la avaricia económica de unos pocos. Sistemas de salud colapsados a nivel global, cierre total de fronteras, acaparamiento de productos de primera necesidad, desprecios por la vida del otro, fosas comunes. En Argentina con anterioridad a la pandemia ya funcionaban más los sistemas educativos, sobre todo los privados que aumentaban sin pedir permiso a nadie sus cuotas e intereses, o las empresas de automotores con sus planes de ahorro mentirosos.

Por eso, Argentina no debe poner nunca más el ejemplo de los otros, es el momento de que pueda, en cambio, demostrar que se puede construir una forma alternativa de economía, en donde la prioridad esté puesta en los que menos tienen. Ya no se puede imaginar una sociedad sin un Estado que regule, porque “cuando las papas queman”, son los poderosos los primeros en pedir salvatajes estatales, aún de un Estado vaciado y desprestigiado.

Conquistar una economía social de mercado implica justamente, situar al Estado y sus poderes en los lugares de justicia y control de la legalidad que nunca debió perder. Debemos repensar, bajo ese nombre, nuevas leyes e instituciones que controlen y fijen reglas claras, que pongan en un lugar preponderante a los trabajadores, a los usuarios y consumidores, a la ciudadanía en general con grados de equidad, para que nadie quede afuera.

Hoy el mundo nos golpea con el derrumbe de la idealización que hacíamos de otros países y debemos estar a la altura de transformar(nos) en algo mejor, un país que respete las instituciones porque por ellas mismas son respetables, un país que busque siempre el bien común, que tenga reglas claras para que lo privado y lo público puedan convivir sin la necesidad de que uno pierda en función del otro.

Es nuestra obligación como representantes del pueblo y como ciudadanos también, ser parte de esta transformación que ya está golpeándonos la puerta y que requiere más que nunca de una visión federal, republicana y nacional que pueda armar el camino para la construcción de una mejor Argentina. El Estado tiene que intervenir en la economía, lo que tenemos que discutir, es a quién protege y en qué orden de prioridades.

(*) Diputado Nacional por Mendoza.